Velad. velad.
Frente a la tentación de asimilarnos a corrientes de pensamiento dominantes poco humanizadoras,
ábrenos la mente, los ojos y el corazón, Señor.
¡Que no nos alejemos de ti, maestro!
¡No queremos ser mundanos!
Frente a la tentación de controlar, de mandar, de dominar,
ábrenos la mente, los ojos y el corazón, Señor.
¡Que no nos alejemos de ti, maestro!
¡No queremos ser clericalísticos ni autoritarios!
Frente a la tentación de la idolatría del dinero,
ábrenos la mente, los ojos y el corazón, Señor.
¡Que no nos alejemos de ti, maestro!
Frente a la tentación de separar la fe de las dinámicas malignas de la historia,
ábrenos la mente, los ojos y el corazón, Señor.
¡Que no nos alejemos de ti, maestro!
No queremos confundir el ser con el tener, el bienestar material con la plenitud humana.
Frente a la tentación de oscurecer la misericordia por las normas demasiado humanas,
ábrenos la mente, los ojos y el corazón, Señor.
¡Que no nos alejemos de ti, maestro!
No queremos minusvalorar tu encarnación, encarnación en carne humana, en carne doliente muy humana.
Frente a la tentación de crear fronteras ideológicas, patrioteras, emocionales.
ábrenos la mente, los ojos y el corazón, Señor.
¡Que no nos alejemos de ti, maestro!
No queremos encanijarnos humana y espiritualmente por nuestros miedos, nuestras limitaciones, nuestras necedades.
Frente a la tentación de la superficialidad del consumismo religioso, lleno de palabrería y de poses,
ábrenos la mente, los ojos y el corazón, Señor.
¡Que no nos alejemos de ti, maestro!
No queremos confundir la intensidad emocional con los procesos de crecimiento personal y espiritual.
Frente a priorizar la conservación sobre la misión,
ábrenos la mente, los ojos y el corazón, Señor.
¡Que no nos alejemos de ti, maestro!
No queremos confundir fidelidad con parálisis, mantener estructuras con fecundidad evangélica, palabras llenas de retos con rutinas desalmadas.
Frente a la maligna tentación de desentendernos de los más vulnerables,
ábrenos la mente, los ojos y el corazón, Señor.
¡Que no nos alejemos de ti, maestro!
No queremos vivir tranquilos en nuestros refugios eclesiales sin dejarnos conmover las entrañas por tanto sufrimiento evitable.
Frente a la tentación de encerrarnos en el miedo y en lo que ya sabemos,
ábrenos la mente, los ojos y el corazón, Señor.
¡Que no nos alejemos de ti, maestro!
No queremos caer ni en desesperanzas ni en dinamismo de resentimiento estéril.