IBAN: ES56 2095 8352 8091 5680 4577 BIZUM: 01212
Comprender
Comprender cuál es la acogida a la que nos llamas, Señor, esa acogida que ensancha nuestra casa y nuestro corazón hasta hacer posible que cada persona pueda sentirse reconocida, segura y parte de una fraternidad.
Comprender cuál es la adoración a la que nos llamas, Señor, esa adoración que, en el silencio contemplativo, nos descentra de nosotros mismos y nos introduce en la comunión agradecida con el Misterio que sostiene toda realidad.
Comprender cuál es la alabanza a la que nos llamas, Señor, esa alabanza que nace del asombro, reconoce la vida como don y hace brotar una alegría profunda que ninguna circunstancia puede poseer por completo.
Comprender cuál es el amor al que nos llamas, Señor, ese amor que acoge, sostiene, cura las heridas y hace posible que la vida humana vuelva a florecer.
Comprender cuál es la amistad a la que nos llamas, Señor, esa amistad que atraviesa las afinidades y diferencias para convertirse en presencia fiel, escucha, cuidado, confianza y camino compartido.
Comprender cuál es la apertura al Misterio a la que nos llamas, Señor, esa apertura que nos invita a descender al fondo de nosotros mismos para descubrir allí una Presencia que nos sostiene, nos habita y nos impulsa más allá de nosotros mismos.
Comprender cuál es la autenticidad a la que nos llamas, Señor, esa autenticidad que nos libera de las máscaras, de las apariencias y de las identidades fabricadas para permitirnos vivir reconciliados con nuestra verdad más profunda.
Comprender cuál es la bondad a la que nos llamas, Señor, esa bondad que mira cada realidad con misericordia, busca silenciosamente el bien y se convierte en una forma concreta de hacer presente tu amor.
Comprender cuál es la compasión a la que nos llamas, Señor, esa compasión que nos permite sentir como propio el sufrimiento ajeno y transforma esa conmoción interior en proximidad, cuidado y compromiso.
Comprender cuál es el compromiso al que nos llamas, Señor, ese compromiso que orienta nuestras mejores energías hacia el cuidado de la vida y la construcción cotidiana de tu Reino.
Comprender cuál es la confianza a la que nos llamas, Señor, esa confianza que permanece abierta a la esperanza incluso cuando no comprendemos el camino y sabe que ninguna oscuridad tiene la última palabra.
Comprender cuál es la conversión a la que nos llamas, Señor, esa conversión que transforma nuestra mirada, reordena nuestros deseos y despierta una nueva sensibilidad para reconocer y acoger los dones de tu Reino.
Comprender cuál es el cuidado de los demás al que nos llamas, Señor, ese cuidado que reconoce la fragilidad de cada persona como lugar sagrado y convierte nuestros pequeños gestos en semillas del Reino.
Comprender cuál es la defensa de la dignidad humana a la que nos llamas, Señor, esa defensa que nos hace reconocer en cada ser humano un valor inviolable y nos une a todos los hombres y mujeres de buena voluntad que trabajan para que nadie sea descartado, humillado ni olvidado.
Comprender cuál es el discipulado al que nos llamas, Señor, ese discipulado que aprende cada día a mirar, sentir, elegir y vivir siguiendo tu huellas y tu santa presencia.
Comprender cuál es la fe a la que nos llamas, Señor, esa fe que sabe descubrir tu presencia incluso cuando los caminos se vuelven oscuros.
Comprender cuál es la fidelidad a la que nos llamas, Señor, esa fidelidad que permanece en el amor más allá de los entusiasmos y de los cansancios.
Comprender cuál es la interioridad a la que nos llamas, Señor, esa interioridad que nos conduce al silencio profundo donde podemos encontrarnos contigo, con nosotros mismos y con toda la realidad.
Comprender cuál es la justicia a la que nos llamas, Señor, esa justicia que devuelve dignidad, posibilidades y esperanza a quienes han sido olvidados en los márgenes del mundo.
Comprender cuál es la mansedumbre a la que nos llamas, Señor, esa mansedumbre que renuncia a imponerse para abrir caminos de encuentro, reconciliación y paz.
Comprender cuál es el perdón al que nos llamas, Señor, ese perdón que rompe las cadenas del resentimiento, libera nuestras heridas del pasado y abre caminos nuevos de reconciliación y de paz.
Comprender cuál es la sabiduría a la que nos llamas, Señor, esa sabiduría que sabe reconocer lo esencial entre tantos ruidos, apariencias y distracciones.
Comprender cuál es la santidad a la que nos llamas, Señor, esa santidad cotidiana que convierte cada gesto de amor, justicia y servicio en transparencia de tu presencia.
Comprender cuál es la sencillez a la que nos llamas, Señor, esa sencillez que nos libera de lo superfluo para poder vivir atentos a lo verdaderamente importante.
Comprender cuál es la sobriedad a la que nos llamas, Señor, esa sobriedad que nos enseña que necesitamos mucho menos para poder vivir mucho más profundamente.
Comprender cuál es la solidaridad a la que nos llamas, Señor, esa solidaridad que convierte el dolor de los demás en una llamada personal a cuidar, compartir y transformar.
Comprender cuál es la ternura a la que nos llamas, Señor, esa ternura que sabe acercarse con delicadeza a las heridas, fragilidades y esperanzas de cada ser humano.
Comprender cuál es el testimonio al que nos llamas, Señor, ese testimonio silencioso y cotidiano que hace visible, en nuestra manera de vivir, que otra forma de relacionarnos con nosotros mismos, con los demás y con el mundo es posible.
Comprender cuál es la unidad a la que nos llamas, Señor, esa unidad que no elimina nuestras diferencias, sino que las convierte en riqueza para construir fraternidad.
Comprender cuál es la verdad a la que nos llamas, Señor, esa verdad que nos libera de nuestras máscaras, autoengaños e intereses para vivir con una mirada limpia sobre nosotros mismos y sobre el mundo.
Comprender cuál es la vocación a la que nos llamas, Señor, esa vocación que nos ayuda a descubrir qué dones hemos recibido y dónde podemos ponerlos al servicio de la vida, del Reino y de los demás.
Comprender, Señor.
Comprenderte.
Vivir de otra manaera
Dar fruto Señor, danos tu gracia para dar fruto,
el fruto que necesitan las personas y los tiempos que nos tocan vivir…
Señor, haznos…
Un poco más agradecidos por lo recibido y menos obsesionados con el tener, mandar, aparentar.
Un poco más al cuidado del bien común en los pequeños detalles que podemos hacer conscientemente.
Un poco más al servicio de la reconciliación y de la paz en nuestras ciudades.
Un poco más amplios de visión frente a los pequeños egoísmos que sembramos sin darnos cuenta.
Un poco más atentos a lo que merece realmente nuestro tiempo frente a tantas estrategias diseñadas para capturar nuestra atención.
Un poco más capaces de dejar espacio a los demás en medio de las tensiones diarias.
Un poco más capaces de distinguir lo importante de lo urgente, lo verdadero de lo viral y lo valioso de lo simplemente rentable.
Un poco más capaces de hacer silencio para escuchar qué está pasando realmente dentro de nosotros, alrededor de nosotros y entre nosotros.
Un poco más capaces de mirar a cada persona como un fin y nunca simplemente como un instrumento para nuestros proyectos, intereses o necesidades.
Un poco más capaces de transformar la indignación en responsabilidad, la crítica en compromiso y la compasión en prácticas concretas de cuidado.
Un poco más capaces de vivir desde la sobriedad frente a una cultura que necesita convencernos continuamente de que nunca tenemos bastante.
Un poco más cercanos a quienes quedan en los márgenes de nuestros círculos de comodidad, reconocimiento y pertenencia.
Un poco más compasivos para cuidar a quienes tenemos cerca.
Un poco más comprometidos en hacer de nuestra propia vida una pequeña alternativa visible: más justa, más sobria, más fraterna, más libre, más contemplativa y más esperanzada.
Un poco más conscientes al misterio, a la gratuidad y a la trascendencia frente a una cultura que pretende reducir toda la realidad a utilidad, cálculo y rendimiento.
Un poco más conscientes de las consecuencias sociales, humanas y ecológicas escondidas detrás de nuestras pequeñas decisiones cotidianas de consumo.
Un poco más conscientes de que la tierra no es una propiedad que podamos agotar, sino una casa común recibida, compartida y confiada a nuestro cuidado.
Un poco más contemplativos frente a la aceleración, más presentes frente a la dispersión y más profundos frente a la superficialidad.
Un poco más críticos y alternativos frente a tanta paparrucha que nos agota,
Un poco más cuidadosos con nuestras palabras y nuestros actos habituales.
Un poco más despiertos frente a todo aquello que pretende decidir por nosotros qué debemos desear, comprar, admirar o temer.
Un poco más dialogantes y escuchantes en los gruñidos que nos golpean día a día.
Un poco más dispuestos a preguntarnos quién paga el precio de nuestro bienestar cuando ese precio permanece cuidadosamente oculto.
Un poco más empeñados en construir fraternidad precisamente allí donde la lógica dominante nos invita a competir, desconfiar, excluir o desentendernos con una altiva indiferencia.
Un poco más fraternales en los roces de la vida cotidiana.
Un poco más humanos frente a quien necesita escucha, ayuda, misericordia,
Un poco más incómodos ante la injusticia y un poco menos acostumbrados a convivir tranquilamente con aquello que degrada la dignidad humana.
Un poco más lentos para juzgar, más rápidos para comprender y mucho más cuidadosos antes de convertir al otro en enemigo.
Un poco más libres interiormente frente a las presiones del consumo, de la comparación social y de la necesidad permanente de aprobación.
Un poco más lúcidos para comprender lo que nos pasa en los procesos personales y sociales que vivimos o padecemos.
Un poco más resistentes frente a la lógica que convierte todo —el tiempo, la naturaleza, las relaciones e incluso a nosotros mismos— en mercancía.
Un poco más responsables a medio y largo plazo de nuestras decisiones.
Un poco más silenciosos ante tantos ruidos externos e internos que nos calientan la cabeza.
Un poco más sobrios, sencillos, simples… frente a tanta sofisticación narcisista.
Un poco más valientes para transformar aquello que no debería seguir siendo normal.
Un poco más vertebrados en torno a lo esencial: la santidad y la justicia.
Señor, danos tu gracia para vivir de otra manera:
con un poco menos ego,
con un poco de menos prisa,
con un poco menos avidez consumista,
menos un poco menos indiferencia frente a los demás…
con más atención a las personas que nos rodean,
con más cuidado de la fraternidad,
con más sentido de la justicia y el compromiso,
con más cuidado de nuestra interioridad y nuestra espiritualidad
y con más esperanza activa día a día.
Transfórmanos
Señor, nos creemos autónomos y autosuficientes.
Transfórmanos en seres humanos
de encuentro y de donación.
Señor, nos creemos que somos más y mejor
por los objetos o experiencias que consumimos.
Transfórmanos en personas sobrias
que saben descubrir que mucho de lo más esencial de la vida
son dones compartidos.
Señor, nos creemos que somos excelentes
porque producimos y rendimos con mucha eficacia económica.
Transfórmanos en seres humanos
capaces de descubrir la dignidad y la cualidad de las personas
en su mero ser seres humanos.
Señor, muchas veces vemos a los demás
como rivales en la lucha por la vida.
Transfórmanos en personas
que buscan la cooperación, la ayuda, la solidaridad
sea cual sea el proceso o el contexto donde se viva.
Señor, muchas veces vivimos deprisa, ansiosos, ávidos.
Transfórmanos en seres humanos
que viven los procesos con paciencia, con confianza, con sabiduría.
Señor, muchas veces nos centramos
en la búsqueda del placer y la evitación del sufrimiento.
Transfórmanos en personas
que viven su capacidad de afrontar
las dificultades de la entrega,
del compromiso de los vínculos,
de la ayuda desinteresada a los demás.
Señor, muchas veces vivimos pendientes
del reconocimiento y de la admiración desde instancias externas.
Transfórmanos en seres humanos
que se alimentan de la experiencia espiritual
y viven con humildad la vida de creyentes que les toca vivir.
Señor,
que pasemos
del tener compulsivo al ser humilde,
del producir a cuidar la vida de los necesitados,
del competir como lobos para dominar a cooperar como hermanos,
del consumir a la sobriedad consciente
del vivir aceleradamente ávidos a profundizar buscando las fuentes de la alegría y de la paz,
del ir por la vida asustados y encerrados en nosotros mismos
a vivir abiertos a los demás, a la creación y a la vida santa que nos espera.
Envidia
Señor, me reconozco envidioso.
Tengo una predisposición emocional contra una persona.
Me cuesta reconocer sus méritos.
Siento malestar cuando hace bien las cosas.
Quisiera que fracasara.
Me irritan ciertas conductas suyas.
Busco inmediatamente sus defectos.
Creo muchas veces que sus intenciones no son benévolas.
Siento que es una especie de oponente constante.
Comparo mis logros con los suyos.
Veo su éxito como si fuera una especie de farsa.
Minimizo sus logros.
Siento que hablo de ella con una intensidad desproporcionada.
Me descubro comparándome repetidamente con esa persona.
Me cuesta alegrarme espontáneamente de sus éxitos.
Siento cierta sensación de alivio cuando comete un error.
Me siento habitualmente inferior ante ella sin razones reales.
Me descubro murmurando de esa persona.
Señor, me reconozco envidioso.
Señor, sé que las emociones no desaparecen mediante el voluntarismo de órdenes morales.
Señor, quisiera ser más consciente de las punzadas de mi envidia que me arrastran.
Señor, quisiera superar la tentación de hacer una teoría cómo es esa persona.
Señor, quisiera ser capaz de nombrar mis necesidades reales y profundas cuando tengo envidia.
Señor, quisiera dar el salto y preguntarme qué puedo aprender de esa persona.
Señor, quisiera reconocer con realismo los bienes y dones que poseo.
Señor, quisiera poder celebrar con autenticidad el bien ajeno
y decir de corazón que me alegro de verdad por ella.
Señor, me reconozco envidioso.
Perdonar de corazón
Señor, perdonar de corazón es muy difícil.
No puedo cambiar el pasado.
No puedo decir que aquello no fue para tanto.
No puedo minimizar el mal.
No puedo evitar el resentimiento cunado rumio y rumio.
No puedo aceptar la impunidad.
No puedo negar mi sufrimiento.
No puedo justificar demasiado simplistamente.
No puedo olvidar lo que resuena muchas veces en mi interior.
No puedo eliminar las consecuencias aquello.
No puedo recuperar necesariamente la relación .
No puedo volver a confiar de manera inmediata .
No puedo fingir unos sentimientos que todavía no existen.
Señor, perdonar de corazón es muy difícil.
Señor, que comprenda que los dañados dañan.
Señor, que comprenda lo suficiente sin justificar ni minimizar el daño.
Señor, que no me encasquille en el agravio.
Señor, que supere mi orgullo herido.
Señor, que evite las revanchas indirectas.
Señor, que no busque aliados para alimentar el resentimiento.
Señor, que me abra a la misericordia transformadora.
Señor, que pueda recordar sin desear el daño que castigue.
Señor, que no me quede en el desprecio permanente.
Señor, que no murmure sobre la persona que me dañó.
Señor, que llegue a mantener la distancia sin hostilidad.
Señor, que llegue a desear el bien al que me dañó.
Señor, que no me sienta superior al que me dañó.
Señor, que renuncie a una disculpa perfecta.
Señor, que cambie mi relación con ese pasado malvado.
Señor, que entienda de corazón que una persona es más que el daño que produjo.
Señor, que las heridas no gobiernen mi vida.
Señor, que su daño no determine mis acciones conscientes.
Señor, que supere la tentación de convertirme en un juez de los demás.
Señor, que recupere mi libertad.
Señor, que descubra qué puedo aprender del dolor recibido.
Señor, que el mal recibido no tenga la última palabra en mi vida.
Señor, necesito tiempo para integrar sanamente la herida.
Señor, necesito humildad de corazón.
Señor, necesito superar conscientemente el deseo de devolver el mal.
Señor, necesito recordar sin odio.
Señor, necesito aprender a perdonar.
Señor, ¿cómo puedo impedir que el mal recibido se reproduzca a través de mi?
Señor, que interrumpa la cadena de transmisión del mal
y que, si en mi corazón surgiera odio
yo sea capaz de poner amor
contigo,
por ti.
Amén.
Aleluya,
Aleluya.
Aleluya.
Entrañados
Juntos, entrelazados contigo, capaces de ser más audaces en el anuncio del Reino.
Insertos en ti, capaces de más lealtad ante tanto y tanto individualismo y narcisismo.
Agrupados, ante tu presencia, capaces de más centramiento en lo esencial frente a la dispersión.
Reunidos, con tu presencia, capaces de más comunión de pensamiento, palabra y obra.
Hombro con hombro, contigo, capaces de más humanidad por amor, por amar, por sembrar el reino.
Anclados en ti, capaces de más cuidado de lo que de verdad merece la pena ser cuidado.
Cimentados en ti, capaces de más testimonio de la nueva vida a la que todos estamos llamados.
Aunados, contigo, capaces de ser más testigos de la fraternidad a la que estamos llamados.
Injertados en ti, capaces de más esperanza diaria en los tiempos ansiosos que nos toca vivir.
Implantados, en ti, capaces de más esperanza en estos tiempos sombríos.
Arraigados en ti, capaces de más encuentro en estos tiempos de tanta soledad.
Enraizados en ti, capaces de más confianza en las mejores capacidades del ser humano.
Asentados en ti, capaces de más orientación en medio de los desconciertos que vivimos.
Juntos, ante tu presencia, capaces de más evangelio palpable y entendible.
Congregados, por tu presencia, capaces de más gratuidad frente al interés egocéntrico.
Cercanos, con tu presencia, capaces de más hondura en la convivencia.
Compenetrados, por tu presencia, capaces de cuidar más la humanidad en estos tiempos de desconcierto.
Cimentados en ti, capaces de más madurez, más crecimiento, más comunidad.
Acompasados en tu presencia, capaces de más oración y más silencio.
Conectados con tu presencia, capaces de más sobriedad frente a los absurdos de la avidez.
Afianzados en ti, capaces de más inteligencia y verdad ante tanta y tanta sandez y manipulación.
Fundados en ti, capaces de más respeto y más delicadeza ante tanto y tanto desprecio y abuso.
Incorporados en ti, capaces de más paz y concordia en medio de las polarizaciones malévolas.
Entrañados en ti, Señor, entrañados en ti.
Amén.
Aleluya.
Aleluya.
Aleluya.
Cruces
Señor, mi refugio en lo abrasivo de los límites personales.
Señor, mi refugio en los accidentes absurdos del vivir entre geometrías y angustias.
Señor, mi refugio en mis aislamientos punzantes.
Señor, mi refugio en las amenazas de estos tiempos dislocados.
Señor, mi refugio en la ambigüedad de las palabras.
Señor, mi refugio en mis anhelos de certezas.
Señor, mi refugio en mis ansiedades reales o inducidas.
Señor, mi refugio cuando estar arrojado en el mundo me paraliza.
Señor, mi refugio en la banalidad que nos circunda.
Señor, mi refugio en los cadenazos de la desesperación.
Señor, mi refugio en el cansancio que no sana el descanso.
Señor, mi refugio en la carencia de vínculos gratificantes.
Señor, mi refugio en las cavernas de mi conciencia.
Señor, mi refugio cuando se cierran puertas saludables.
Señor, mi refugio en las complicaciones estúpidas de la existencia.
Señor, mi refugio en los conflictos enquistados.
Señor, mi refugio en las culpas de mis sandeces.
Señor, mi refugio en los delirios de autosuficiencia.
Señor, mi refugio en el desamparo ante mis sombras.
Señor, mi refugio en los desollones de las relaciones.
Señor, mi refugio en las distracciones constantes.
Señor, mi refugio ante las doctrinas imperiosas e idolátricas.
Señor, mi refugio en el dolor de no haber llegado a ser lo que podría haber sido.
Señor, mi refugio en la dureza de la renuncia consciente.
Señor, mi refugio en los encuentros desasosegantes.
Señor, mi refugio en la enfermedad intimidante.
Señor, mi refugio en el escepticismo voraz.
Señor, mi refugio en la extrañeza de sentirse vivo.
Señor, mi refugio en el fracaso sádico.
Señor, mi refugio en la fragilidad ineludible de la vida humana.
Señor, mi refugio en las fragilidades de mi voluntad.
Señor, mi refugio en la habitual falta de garantías de mi palabra.
Señor, mi refugio en las heridas infectadas en mi ánimo.
Señor, mi refugio en mis huidas de mí mismo.
Señor, mi refugio en la impertinencia de la muerte cercana.
Señor, mi refugio en la imposibilidad de expresar el sufrimiento.
Señor, mi refugio en las impurezas de mi autenticidad.
Señor, mi refugio en mi incapacidad de amar.
Señor, mi refugio en las incertidumbres de mi libertad.
Señor, mi refugio en mis incertidumbres tan humanas.
Señor, mi refugio en la incomunicación inexorable.
Señor, mi refugio en las inevitables vergüenzas.
Señor, mi refugio en lo inexorable del envejecimiento.
Señor, mi refugio en lo insólito de poder odiar.
Señor, mi refugio en la intuición de sentirme arrojado en medio de la ciudad.
Señor, mi refugio en la irreversibilidad del tiempo.
Señor, mi refugio en lo irreversible de las decisiones personales.
Señor, mi refugio en el juicio mezquino de los demás.
Señor, mi refugio en los juicios que me hago a mí mismo.
Señor, mi refugio en mis luchas contra las máscaras que me troquelan.
Señor, mi refugio en las máscaras de mi soberbia.
Señor, mi refugio en la memoria de mis posibilidades frustradas.
Señor, mi refugio en la mengua de capacidades.
Señor, mi refugio en el miedo a la responsabilidad.
Señor, mi refugio en los miedos a la hora de decidir.
Señor, mi refugio en mis miedos a la libertad valiente.
Señor, mi refugio en las miradas opacas.
Señor, mi refugio cuando el mundo deja de ser obvio.
Señor, mi refugio en un mundo que me trastorna.
Señor, mi refugio en las nieblas de la libertad.
Señor, mi refugio en mis nostalgias que me amargan la vida.
Señor, mi refugio en la opacidad de la conciencia del momento presente.
Señor, mi refugio en la parálisis de la irresponsabilidad.
Señor, mi refugio en el pasmo de mi capacidad de odiar.
Señor, mi refugio en la pérdida de lealtades.
Señor, mi refugio en el peso cruel de errores pasados.
Señor, mi refugio en el poder mis autoengaños.
Señor, mi refugio en las porosidades de mi identidad.
Señor, mi refugio en la posibilidad de equivocarme sin remedio.
Señor, mi refugio en las presencias tóxicas.
Señor, mi refugio en los rejonazos de la memoria.
Señor, mi refugio en mi respiración sobresaltada.
Señor, mi refugio en los revolcones de mi biografía.
Señor, mi refugio en la rutina gris para ganarme la vida.
Señor, mi refugio en no saber qué hacer de verdad con mi vida.
Señor, mi refugio cuando no sé manejarme con lo que me ha sucedido.
Señor, mi refugio cuando no sé qué hacer con lo que la vida ha hecho de mí.
Señor, mi refugio en el silencio estéril del resentimiento.
Señor, mi refugio en el sinsentido pegajoso de la publicidad.
Señor, mi refugio en la soledad dura de los domingos por la tarde.
Señor, mi refugio en el tedio de lo diario.
Señor, mi refugio en los temores que me crean pesadillas.
Señor, mi refugio en la tentación de esconderme en el «se» impersonal.
Señor, mi refugio en la toma de conciencia de la posibilidad de la nada.
Señor, mi refugio en las turbulencias de mi corazón.
Señor, mi refugio en el vacío que abduce.
Señor, mi refugio en el vértigo de las decisiones a largo plazo.
Señor, mi refugio en lo vulnerable de la vida cotidiana.
Amén.
Aleluya.
Aleluya.
Aleluya.
Cristo
Cristo, esperanza pascual
Cristo, árbol de vida
Cristo, ternura compasiva
Cristo, fidelidad inquebrantable
Cristo, silencio santo
Cristo, abrazo salvador
Cristo, mirada de Dios
Cristo, agua bautismal
Cristo, permanencia constante
Cristo, amigo verdadero
Cristo, misericordia infinita
Cristo, claridad luminosa
Cristo, entrega redentora
Cristo, raíz mesiánica
Cristo, comunión trinitaria
Cristo, amanecer glorioso
Cristo, responsabilidad fraterna
Cristo, gracia santificante
Cristo, atención misericordiosa
Cristo, vida eterna
Cristo, acogida evangélica
Cristo, hondura espiritual
Cristo, anuncio liberador
Cristo, confianza filial
Cristo, pan eucarístico
Cristo, sobreabundancia gratuita
Cristo, compañero fiel
Cristo, reconciliación salvífica
Cristo, luz resucitada
Cristo, abandono confiado
Cristo, bienaventuranza celestial
Cristo, conversión interior
Cristo, aceite consagrado
Cristo, llamada vocacional
Cristo, amor crucificado
Cristo, respuesta obediente
Cristo, fecundidad apostólica
Cristo, verdad encarnada
Cristo, alianza nueva
Cristo, cuidado pastoral
Cristo, vino sacramental
Cristo, reino escatológico
Cristo, aurora resucitada
Cristo, gratuidad sobreabundante
Cristo, hermano universal
Cristo, don gratuito
Cristo, compasión entrañable
Cristo, lo más humano de lo humano
Amén.
Aleluya.
Aleluya.
Aleluya.